EL LIBRO COMO OBJETO MECÁNICO

El libro es un objeto cuyo mecanismo tiene que "funcionar"; por ello el proceso de la encuadernación no debe ser algo azaroso, casual o caprichoso. Cuando el libro descansa abierto sobre un plano, sus páginas tienen que reposar sobre las tapas, a ambos lados; en ello intervienen la calidad del papel, una buena costura y un espacio entre el cuerpo del libro y la lomera que proporciona flexibilidad al lomo, siendo éste la auténtica bisagra del libro. La costura de los cuadernillos debería permitir que el libro se abriera sin esfuerzo; un libro de hojas sueltas pegadas jamás se abrirá cómodamente. Por otro lado, si la hoja de guarda no queda ceñida a la charnela de cartón tirará de las primeras hojas desgarrando los cuadernillos y dejando al descubierto la costura.

Históricamente han sido las propiedades físicas del cuerpo del libro las que han condicionado el tipo de encuadernación, en cuanto a los materiales empleados y también en cuanto a su estructura. El códice occidental de hojas de pergamino, destinado en sus primeros tiempos a un uso litúrgico y por lo tanto muy pesado y de gran formato, requería, para evitar la deformación del lomo, una costura más sólida que la oriental formada por sencillas cadenetas de hilo, lo que indujo a la incorporación de nervios de piel o de cordel que permitían además coser al cuerpo del libro unas sólidas tapas de madera, en lugar del relleno de papiro de los primeros códices orientales. Fue esta necesidad de coser sobre nervios la que llevó a la difusión del telar en occidente entre los siglos VIII y XI. El códice fue ganando en ligereza cuando su uso privado justificó la difusión de formatos menores y cuando se incorporó masivamente el uso del papel, de menor peso y mayor flexibilidad que el pergamino; siendo más ligero, el libro ya no necesitaba gruesos cordeles ni tapas pesadas. Las encuadernaciones renancentistas en plena piel gofrada mantienen los nervios externos y las tapas de madera, pero se encuentran también encuadernaciones flexibles de pergamino y tapas de "papelón", y se utiliza la costura "alla greca" para los manuscritos griegos de las grandes bibliotecas europeas. Este tipo de costura, en el que los nervios son muy finos y quedan incrustados en el cuerpo del libro, se va a generalizar a partir del siglo XVIII, desapareciendo los nervios "naturales", e imitándose con los nervios "falsos" de piel, cordel o cartón, pegados bajo la piel del lomo. Así mismo, las cabezadas, cuyo sentido actualmente es meramente ornamental, tenían, al igual que los primitivos nervios, una función estructural. Por un lado, reforzaban la costura uniendo el extremo de los cuadernillos; por otro lado, hay que tener en cuenta que en las primeras bibliotecas de códices, éstos se almacenaban en horizontal, y por lo tanto para sacar el libro del estante podía tirarse de él no sólo de la cabeza, sino de ambos extremos; la cabezada evitaba - o al menos retrasaba - el desgarro de la cofia.